febrero 17, 2009
Crónica de un secuestro

El partido México-Estados Unidos era a las 6 de la tarde. La casa de María queda por Galerías Coapa.
Salí de las entrañas (entrañas por sórdidas, groseras) de Izazaga como a las 12, y estaba en la UNAM como a la 1.
Comí con Mariela durante una hora, recorrí estúpidamente el circuito interior durante otras dos, alcancé a ver algo del MUAC durante una y media y finalmente salí a Insurgentes como a las 5.
Subí a Periférico, pasé Viaducto Tlalpan y casi llegando al Tec se ponchó la llanta trasera. Fui en ese lugar donde vi por última vez mi bicicleta.
Ahora se me ocurre haber pedido asilo para ella en la gasolinería, en el tianguis de coches, dejarla cerca del Oxxo. Pero el coraje (el coraje del viaje trunco, la rabia contra un clavo o una navaja negligente) es cegador y no hice más que encadenarla, enterrar la llave del cerrojo en un lugar seguro y confiar en que María me haría el favor de ir por ella y llevármela a la escuela al día siguiente (o cuando estuviera totalmente sobra, lo que sucediera primero).
Mariela dice que qué importa, que al fin yo consigo desprenderme de las cosas fácilmente. Eso es sólo medianamente cierto: esta bicicleta era de mi color favorito, tenía una estampa muy querida, ya ilegible ("L'automobile perfetta è la mia bicicletta") y el óxido en el cuadro era el trofeo orgulloso de su uso cotidiano, de sus jornadas arduas y de su elegancia ruda.
No hay nada qué decir que no derive en juicios ignorantes sobre el robo, sobre la incapacidad de la Ciudad de México para adaptarse a los ciclistas y sobre mi propia necesidad de hacer pública la tragedia.
En fin. Mejores días, mi bicicleta.
(Malditos de Sica, Antonioni y todos ellos.)
Salí de las entrañas (entrañas por sórdidas, groseras) de Izazaga como a las 12, y estaba en la UNAM como a la 1.
Comí con Mariela durante una hora, recorrí estúpidamente el circuito interior durante otras dos, alcancé a ver algo del MUAC durante una y media y finalmente salí a Insurgentes como a las 5.
Subí a Periférico, pasé Viaducto Tlalpan y casi llegando al Tec se ponchó la llanta trasera. Fui en ese lugar donde vi por última vez mi bicicleta.
Ahora se me ocurre haber pedido asilo para ella en la gasolinería, en el tianguis de coches, dejarla cerca del Oxxo. Pero el coraje (el coraje del viaje trunco, la rabia contra un clavo o una navaja negligente) es cegador y no hice más que encadenarla, enterrar la llave del cerrojo en un lugar seguro y confiar en que María me haría el favor de ir por ella y llevármela a la escuela al día siguiente (o cuando estuviera totalmente sobra, lo que sucediera primero).
Mariela dice que qué importa, que al fin yo consigo desprenderme de las cosas fácilmente. Eso es sólo medianamente cierto: esta bicicleta era de mi color favorito, tenía una estampa muy querida, ya ilegible ("L'automobile perfetta è la mia bicicletta") y el óxido en el cuadro era el trofeo orgulloso de su uso cotidiano, de sus jornadas arduas y de su elegancia ruda.
No hay nada qué decir que no derive en juicios ignorantes sobre el robo, sobre la incapacidad de la Ciudad de México para adaptarse a los ciclistas y sobre mi propia necesidad de hacer pública la tragedia.
En fin. Mejores días, mi bicicleta.
(Malditos de Sica, Antonioni y todos ellos.)
Etiquetas: velorrución
