Consigna: Texto que involucre una lluvia de paraguas. 10 minutos contados.
Lo despertó el sonido del silencio. Saltó sobre la cama y se quedó quieto, mudo, esperando a que su conciencia lo alcanzara.
Entonces se levantó y buscó a Tomás; tomó la carnaza para llamarlo. Lo acarició y revisó que tuviera croquetas en su plato. Cogió las llaves y arrancó un verso del pelo blanco del perro, y lo metió en su bolsillo. Abrió la puerta y salió.
El primer encuentro con el cielo fue transparente, pero a cada paso, las nubes engordaban y se ennegrecían hasta gemir.
Apresuró la marcha, y a pesar de sus zancadas, el cielo pronto cedió y se le dejó caer encima.
Él trotaba levantando los hombros, pero no evitó empaparse. Los primero paraguas eran pequeños, amables, y le advertían de la tormenta que se acercaba. Lo golpearon suavemente uno, dos, tres de éstos, y los vio despedazarse en el suelo.
Frente a la tupida lluvia, él intentó coger un taxi pero no pudo: el transporte público deja de funcionar durante el mal tiempo. Los alambres se les meten en el motor y estorban en la batería.
Los paraguas no tardaron en caer más grandes y más pesados. Él avanzó hacia una tienda, pero el dueño lo detuvo y cerró la cortina de golpe.
Miró a su alrededor. ¡Un kiosco, un pórtico, algo que lo protegiera!
Un paraguas le cayó justo sobre la cabeza, y lo hizo gritar de rabia. Dolorido, corrió sin rumbo por las calles, ésas serpenteantes y desconocidas que lo devoraban y acercaban lejos.
Otro paraguas en el brazo. Luego otro, grosero, sobre la espalda.
¡Ea! ¡Ahí, en la esquina! Una fuente.
Más paraguas, de nuevo en la cabeza. Y en la muñeca, y en el tobillo y en el brazo izquierdo.
Se precipitó hacia la fuente con la vista empañada y sacó el verso del bolsillo. Se cubrió rápidamente con él, y sacudiéndose los paraguas, saltó al agua.
Un trueno fuerte, espantoso, ensordecedor. Entonces la vio.
Ella ahí, enfrente suyo, mirándolo con una sonrisa de lástima y reprobación.
La tormenta había terminado.
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